EL POTRERILLO DE ENTONCES POR CIRO A QUIROZ OTERO

EL POTRERILLO DE ENTONCES  POR CIRO A QUIROZ OTERO

Potrerillo carecía de un nombre. Tampoco alardeaba de un pasado. Nació sin historia. Su territorio fue una manigua insondable, en cuyo centro hubo una laguna profunda y misteriosa, mecía sus aguas con sospechosa calma. Carecía de afluentes por lo que se creía que esas aguas manaban del centro de la tierra, pues, su nivel era el mismo, ya fuera invierno o verano. Ha llevado por nombre mata é palma y estuvo rodeada de árboles frondosos y milenarios, por cuyas ramas se filtraban escasos rayos de sol, que daban vida a plantas parásitas, helechos, ramilletes, orquídeas diminutas, que adornaban con su manto el espectáculo de esa flora de atractivos colores y por cuyo interior deambulaba una fauna variada, que se alimentaba según las leyes de la biología silvestre.

Aquel bosque de sombras, según cuenta la oralidad, sólo era penetrada por un cazador único, osado que llevó por nombre Martín Peinado, un mestizo conocedor de los encantos de la selva, casi un nómada de cuyo humor se percataban los felinos y huían despavoridos, cuando escopeta en mano, entre silbidos y gruñidos naturales traspasaba el monte bien temprano y regresaba por la tarde casi al anochecer a su barraca con una presa al hombro.

Sobre la inmensa masa de agua, islas como parte desprendidas de sus orillas, navegaban solas, guiadas en vaivén por los vientos provenientes de la serranía de Perijá que las abanicaban e iban de un lado a otro, cubiertas de árboles y bosques. Se dice que de aquellas aguas emergía un caimán inmenso de dos cabezas, que aparecía los viernes santos, pero nadie se atrevía ir a verlo, pero tampoco dudaban de su existencia.

Un día en la década de los años cuarenta, los habitantes cercanos a esos matorrales, se alarmaron cuando aviones gigantes, cargueros, unos tras otros, aterrizaban en las sábanas cascajosas y solitarias de la Loma de Calenturas, como se llamaba entonces en aquella época el paludismo.

Llegaron como fantasmas, hombres rubios, descargaron estructuras de hierro, motores grandes y maquinaria pesada que armaron velozmente y pronto arremetieron contra la selva virgen, penetraron sus entrañas y la tierra tembló por primera vez, ante la intromisión de los taladros, deflorando el vientre arcilloso, con ruidos que se escuchaban por toda la comarca por primera vez. Se trataba de la Tropical Oil Company, llamada LA TROCO.

Un cercado de vallas metálicas protegía las prefabricadas viviendas que trajeron y armaron en un dos por tres, allí vivían los gringos para preservarse de tigres y otros felinos que abundaban en la región. Contrataron para sus comidas a la recién llegada de Sabanalarga Antonia Secundina Ramos Manota, quien con su hija Francia Helena Dita, eran las únicas personas extrañas que a diario podían salir e ingresar del alambrado. Aquel cercado lo llamaron los parroquianos por primera vez: El POTRERITO y luego El POTRERILLO.

Pronto aparecieron aserradores con láminas de acero dentadas, talaron bosques y convirtieron árboles en tablones. Un pueblo de casas de madera y techos de palma amarga estuvo listo de un momento a otro, casas que fueron ocupadas cada vez por forasteros que llegaron superando toda clase de obstáculos en busca de trabajo. Tiendas, cantinas, casetas, se construyeron en poco tiempo. En Potrerillo se encontraba lo que en ninguna parte se conseguía.

Cinco picots, se instalaron en aquella área urbana reducida, sonaban al tiempo, dando fuerza a inocultables gérmenes de violencia. No tardó un ejército de prostitutas en pavonearse, por sus lodosas calles, exhibiéndose ante los ojos de los trabajadores buscadores del petróleo, llamadas mujeres de vida alegre o cancheras, de diversa gracia, edades y razas, poblando la aldea como ninguna otra en la historia de la región.

La violencia hizo lo suyo cuando cada día hubo una víctima, que era sepultada con nombres supuestos, sin saberse quienes eran y de donde provenían. No existía autoridad alguna en aquel barullo de aparente gracia o desgracia en crecimiento, que llevaba inmersa su propia impunidad. Las lupanarias se apodaban por cualquier circunstancia, mientras sus nombres propios desaparecían. El más famoso de los prostíbulos, estaba ubicado a la salida del pueblo y llevaba por nombre en letra roja: La Terminal, donde la primera víctima, fue una mujer mestiza de quien sólo se supo que se llamaba Vicky y puede apostarse de que su nombre era sin duda María Victoria, víctima de un amante o ‘’Cabrón’’, que cargado de celos, le perforó la espalda, con catorce puñaladas, después de haber hecho sonar y oír por tres veces la canción: ‘’Eran las tres de la tarde cuando mataron a Lola’’. Compuesta por el poeta cantor Puertorriqueño Rafael Hernández en el año de 1.935.

Los sobrenombres utilizados por estas damas del gremio libre eran por lo regular apodos crudos. La iguana, el águila, la macutre, la torpedo, la gata, la bicicleta, etc.

El ajetreo del licor en los prostíbulos, no cesaban ni en el día ni en la noche, mientras el dinero circulaba a montones de mano en mano y Potrerillo en ese entonces irradió su fama que penetró influenciando los pueblos de la región. A Potrerillo concurría la gente, atraída por las innovaciones, por ejemplo, a tomarse una gaseosa por primera vez, cuando esta bebida era desconocida en el resto del territorio Nacional. Hasta allí fui llevado a los seis años por mi tía Digna, pues tuvo noticias que desde Cartagena había llegado la Cola Román, fundada en 1.863, 20 años antes de instalarse la Coca Cola en el mundo y sin que aquí se le hubiera ocurrido a alguien inventar el jugo de Corocito, a donde tanto abunda este fruto.

En este mundo de confusión y anarquía, se escondían todas las adversidades, por su poca intercomunicación con el mundo exterior, pues bastaba el derroche de alegría, estar contento y nada más.

Hasta allá, no muy distante de la Loma de Calenturas, concurría Samuel Martínez, en compañía de su padre Pedro Nolasco Martínez, quien le tocaba la caja, pues había abandonado su acordeón, desde la reyerta que tuvo con el diablo, según cuenta el antropólogo Pérez Arbeláez y el escritor Antonio Brujez Carmona.

Samuel era como un cronista musical de la región, a quien nada se le pasaba por alto. Proclive a la vida de los burdeles, era un negro analfabeto, alto, liviano de cuerpo, musculoso y con porte atlético. El más ágil, reconocido y temido de los acordeoneros de aquella época.

Su fama volaba de boca en boca, por su facilidad en el canto y la destreza sin igual en el manejo del instrumento. Era el preferido por las mujeres de los lupanares, que se le ofrecían y el no despreciaba a cambio de una mención de sus nombres en verso. En uno de aquellos cantos, se auto llamó el ‘’Cucón’’: El invencible, el temido. Retaba sin agüero a todos los acordeoneros a quienes increpaba para sonsacar y luego enfrentar: 

‘’El arte musical tiene muchos requisitos,

pero más son los fallos que los que somos completos

y tienen que llegar a donde llega Samuelito

para que puedan ser músicos de respeto’’.  

Estribillo: Ay! Pobre Samuelito,

lástima e’ muchacho,

que será de mí, si muero tan jovencito,

se acabó el “Cucón “de por aquí.

Acudía semanalmente, a tocar en la cantina de su cuñado Basilio Ruíz, dueño de uno de los picots, a quien reprochó la falta de estímulo femenino, por lo que lo increpó:

“Si Basilio fuera otro, en sus manos me tuviera,

porque él hace su negocio,

sin tenerme una canchera”.

En sus aventuras de joven trotamundos, se cruza Juana Badeza Pedrozo, una chimichaguera de seductora atracción y el, enamorado locamente critica la carrera pasional que esta mujer llevaba, pues quiso hacerla exclusiva y le canta en un son:

‘’ Juana por tu simpatía,

Todo el mundo te ha de querer,

Pero te llegará el día,

En que nadie te voltee a ver’’.

Y la satiriza del siguiente modo:

Cuando toca el negro Samue,

 todos ponen atención,

y llora Juana con su madre,

por este bendito Son.

A partir de ahí, Juana se aleja de su vida silvestre y asume una actitud mística; bíblica.

Gilma fue otra prostituta, apodada La Bicicleta, que en cuyo escenario emocional, aparece Don Filemón Jiménez, un adinerado de El Paso, había comprado un Picot, con su motor de gasolina y lo desplazaba a todas partes en alquiler. El aparato era movilizado sobre un carro de madera, tirado por un burro, arreado por Leonardo Mejía y Arturo Faine. Iban de un lugar a otro, a donde quiera los alquilaran, con tal ocupación que por poco desaparecen las cumbiambas de antaño. Personajes de mención, por Samuel en uno de sus cantos:

CANCIÓN LA BICICLETA:

Un 20 de Julio, Arturo, Leonardo y yo,

 pasamos las fiestas sin ninguna novedad,

desde que llegamos me brindaron su picot,

para que yo bailara y hasta decir ya no más.

Yo le di las gracias, muy agradecido.

Una dama por su atención,

verdaderamente yo me hice a la casa,

me brindaron a Gilma y esa fue mi perdición.

Cuando me brindaron esa mujer coqueta,

Que en forma de apodo le dicen: ‘’ La Bicicleta’’.

La gente me decía si montaí te va a tumbá

Y desde el primer día yo la aprendí a manejá.

Conmigo le dio las doce cuando le pisé el pedal,

Yo la monté de noche y no me pudo tumbar.

Jamás en mi vida había montado en bicicleta,

Y lo fácilmente que la aprendí a montá,

le pisé el pedal y le agarré la manigueta

iba sudando frío de aquella velocidá.

Entre las ‘’bellas’’ de Samuel, de esa época, figura la Gitana. Una mestiza que dejó a su amante y éste celoso le hizo tres lances con su cuchillo y sino lo mató, fue porque Juan Coronel, sorprendió al agresor, con un golpe de taburete que lo derribó. Se dijo que Samuel evadía el peligro, porque en una de sus muñecas, llevaba incrustado un niño en cruz, del brujo Pedro Vero Mojica, que le servía para vencer a sus adversarios en el acordeón y evitarlo de todo peligro.

Allá en Potrerillo, Samuel era un dios cuando llegaba, pero juró no volver y criticó inclusive su nombre:

Quien te puso Potrerillo Potrerillo,

no te supo poner nombre, poner nombre,

porque yo te hubiera puesto es el PELIGRO,

Potrerillo está acabando con los hombres

y como un edicto o una advertencia pública dirigida a sus admiradores agrega en el estribillo:

 A Potrerillo no voy a tocá,

para librarme de una puñalada,

a Potrerillo no voy ni amarrado,

porque ese pueblo está condenado.

A Potrerillo no voy ni a empujón,

Porque allá matan con mano e pilón. (madero que se utiliza para trillar el maíz y matar cerdos).

Continúa este canto haciendo la descripción de su riesgo en un momento superado:

Aquí aonde estoy.

Esté bien o esté mal,

estoy contento.

A Potrerillo es que yo he dicho que no voy,

aunque ofrezcan de pagarme dos mil pesos.

Más adelante transmite a su audiencia el impacto personal, que lo marcó aquel día:

Sudo y me pongo frío cuando recuerdo,

que trataron de matarme sin razón,

tres puñales los lanzaron en mi pecho,

pero sólo hicieron blanco en mi acordeón.

Y cierra su texto después de superado aquel sofoco, hace alusión del disfrute insuperable de la tranquilidad, en relación con la vida de riesgos que le tocó afrontar:  

Como dice Samuelito,

aquí onde Estoy,

esté bien o esté mal,

estoy en mi casa,

a Potrerillo es que yo he dicho

que no vuelvo, porque allá

es onde suceden, toás las Desgracias!.

En medida de merengue género reservado para los más duchos del acordeón, Potrerillo ha sido musicalizado, cantado y se seguirá cantando cómo motivo de antología ancestral entre los cantos vallenatos. Grabado por los más connotados intérpretes, es por excelencia vernáculo, se ha escuchado en ejecución de: Nicolás Mendoza, Alfredo Gutiérrez, Alberto Fernández, Pedro García, Noel Petro, Iván Villazón, chiche maestre y en graciosa interpretación por el conjunto La Carranga.

La Compañía, como ya se conocía coloquialmente a La Troco, después de un tiempo dilatado y haber desgrosado las montañas y explorado cuatro posos sin resultado alguno, sin avisar a nadie, fue desmantelando sus máquinas yéndose para otro lugar llevándose a rastras a su camada de mercaderes del sexo, con otro destino.  

Allá quedó Potrerillo, atrás, solitario y con su Laguna mata e palma que también se puteó… No es ni será lo que fue, la comparten los municipios de Chiriguaná y El Paso, una pocilga a donde llegan todos los excrementos humanos del pueblo de La Loma y los desechos contaminantes de la carbonera Norteamericana Drummond, se pudre ante la indiferencia de las autoridades locales y de las instancias del estado obligados a preservarla.

Los ganados mostrencos, provenientes desde la época del adelantado Alonso Luis de Lugo, reproducidos libremente en playones y sabanas en esta geografía que fue parte del departamento del magdalena, invadieron en abundancia este territorio. Cuadrillas de baqueros aguerridos los recogían, los marcaban y en lotes los vendían a relativo costo.

Las tierras fértiles de Potrerillo como ha pasado a designarse toda esa región son fincas ganaderas y grandes cultivos de Palma. Su historia está hecha de reminiscencias, revividas por la frustración de los pocos pobladores, descendencias que han quedado radicadas allí, un corregimiento de El paso, de donde cada sábado, salen camiones cargados de queso con destino a los Santander.

De las añoranzas de mi infancia, sólo me dejó La Troco el sabor en mis papilas gustativas de la Kola Román y el recuerdo imborrable de mi camioncito de madera, que me hizo el carpintero Géneco Córdoba, uno de los compadres de mi madre, con sus llantas negras hechas de émbolos inútiles de las bombas de los pozos petroleros, envidia de mis compañeros de infancia, con quienes me embrollaba a puños con mi zurda al aire en las calles arenosas del Paso. Más fueron las peleas que perdí, que las que ganaba, comentarios obligados en mis regresos ocasionales a mi pueblo. Muchos han partido y hoy a mis 82 años, sólo puedo rumiar mi nostalgia.   

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